Yvette Seferian es abogada especializada en litigio, arbitraje comercial y medios alternativos de resolución de controversias, con experiencia en comercio internacional y derecho de la OMC. Es licenciada en Derecho por el ITAM, cuenta con una maestría en Derecho Internacional por Fletcher-TUFTS University y un diplomado en Derecho Internacional Privado por la Academia de La Haya.
“Extremista” fue, durante mucho tiempo, la palabra más cómoda para descalificar. Bastaba pronunciarla para convertir en amenaza cualquier intento de cambio. Así se definió a las sufragistas: no como ciudadanas en formación, sino como una anomalía que debía corregirse. Su insistencia en participar en la vida pública no fue vista como un derecho, sino como una afrenta al orden social establecido (1).
La prensa y los discursos políticos de la época se encargaron de construir una imagen útil: mujeres desbordadas, incapaces de razonar, peligrosas para la moral familiar. Se les caricaturizó como histéricas o como una imitación burda de los hombres. Esa representación no fue inocente; sirvió para que el Estado y la sociedad pudieran ignorar el fondo de sus reclamos. Cuando no había forma de negar su causa, se atacaba su tono, su forma o su aspecto (2).
La represión fue el complemento de la burla. Quienes marchaban o interrumpían mítines eran golpeadas, encarceladas o sometidas a “tratamientos médicos” disfrazados de medidas correctivas. En Inglaterra, las huelguistas de hambre fueron alimentadas a la fuerza. Ese dilema ético, como lo plantea la historiografía, mostró hasta qué punto la violencia pudo vestirse de ciencia para justificar el castigo (3).
El tiempo terminó por suavizar la memoria. Las historias oficiales del sufragio se reescribieron como un camino lineal y civilizado hacia la igualdad, borrando los fragmentos incómodos: las divisiones internas, la diversidad social, las tácticas disruptivas. El resultado fue un relato cómodo, que permitió a las instituciones celebrar el voto femenino sin confrontar el costo real que tuvo conseguirlo (4).
Visto desde el presente, todo aquello que se pedía: votar, estudiar, conducir, administrar patrimonio y abrir una cuenta bancaria, parece una lista de derechos mínimos. Pero nada de eso era “mínimo” cuando se exigió por primera vez. Cada avance fue tachado de amenaza, cada petición de emancipación se presentó como un riesgo moral o económico. Hoy se asume con naturalidad lo que en su momento fue impensable.
Sin embargo, el eco de aquella etiqueta persiste. Se sigue calificando de radical o excesiva cualquier forma de organización femenina que cuestione privilegios o denuncie violencias. El vocabulario cambia, pero la intención es la misma: reducir a lo emocional lo que es estructural. Marchar por la vida, la salud o la justicia sigue siendo, para algunos, un exceso. Y, sin embargo, es la versión contemporánea del mismo reclamo.
El feminismo actual carga con esa herencia. Las que hoy toman las calles no piden concesiones nuevas, sino el cumplimiento de promesas viejas: seguridad, acceso a la salud, justicia efectiva. No hay nada extremo en querer sobrevivir, ni en exigir que la ley se cumpla sin sesgo. Si eso suena radical, quizá lo que sigue desacomodando no es el tono, sino la verdad de fondo.
En realidad, el adjetivo “extremista” ha sido siempre un espejo del miedo: miedo a que lo privado deje de ser un límite, miedo a que la autoridad cambie de rostro, miedo a que la igualdad se vuelva costumbre. Por eso se repite con tanta facilidad cada vez que una demanda toca fibras profundas. Pero el lenguaje también evoluciona, y hoy hay suficientes voces dispuestas a disputar esas etiquetas y devolverles su proporción.
Recordar a las sufragistas no es un ejercicio de nostalgia, sino una advertencia. Cada derecho que hoy parece indiscutible pasó por un periodo de ridículo, castigo y resistencia. La normalidad es un premio tardío. Entenderlo sirve para reconocer que las luchas actuales no son un exceso, sino la continuidad de una misma conversación: la que busca que vivir, decidir y participar no sean privilegios, sino garantías.
Fuentes:
1. Laura E. Nym Mayhall, “Defining Militancy: Radical Protest, the Constitutional Idiom, and Women’s Suffrage in Britain, 1908–1909,” Journal of British Studies 39, no. 3 (2000): 340–71, https://doi.org/10.1086/386223.
2. Krista Cowman, The Militant Suffragette Movement in York (York: Borthwick Publications, University of York, 2007), Borthwick Papers, no. 110.
3. Ian Miller, “‘A Prostitution of the Profession’?: The Ethical Dilemma of Suffragette Force-Feeding, 1909–14,” in A History of Force-Feeding: Hunger Strikes, Prisons and Medical Ethics, 1909–1974 (Cham: Palgrave Macmillan, 2016), 35–66, https://doi.org/10.1007/978-3-319-31113-5_2.
4. Lisa Tetrault, The Myth of Seneca Falls: Memory and the Women’s Suffrage Movement, 1848–1898 (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 2014).
Yvette Seferian, Cannizzo
